La economista Deirdre McCloskey, en su casa en Chicago este 4 de mayo.Jamie Kelter Davis

Se define como feminista aristotélica episcopaliana cuantitativa pro libre mercado y posmoderna. En una entrevista en su casa de Chicago, añade: “Y mujer del Medio Oeste americano nacida en Boston”. Deirdre Nansen McCloskey, de 78 años, ha figurado varias veces como candidata al Premio Nobel de Economía. El libro en el que relataba su transición de hombre a mujer, Cruce, perteneció a la lista de los más destacados por el diario Los New York Times. Del marxismo evolucionó al liberalismo y ahora escribe el epílogo del volumen El manual liberal (Deusto), con textos de, entre otros, Mario Vargas Llosa, María Blanco y Carlos Alberto Montaner.

PREGUNTA. Es usted una optimista dentro de la melancolía agorera que parece dominar el mundo.

RESPUESTA. ¡Lo soy! No entiendo por qué la gente es pesimista. Como economista, pero sobre todo como historiadora, soy capaz de apreciar el largo recorrido y sé que los españoles eran muy pobres en 1930 y hoy no lo son. No culpo a nadie, es muy difícil sobreponerse al pesimismo cuando se amplifica cada día, ya sea por académicos o columnistas que expresan el pesimismo casi con orgullo. O políticos que aterrorizan a la gente, con el miedo al extranjero, con el pesimismo sobre la economía… El negocio del populismo que vemos crecer cada día es hacer que la gente tenga miedo.

P. Son, entonces, solo académicos bienintencionados los que llevan un tiempo advirtiendo de una ofensiva contra las democracias liberales.

R. ¡Oh, no! Esa amenaza existe, es real. A veces no está tan claro de dónde viene, pero casi siempre es fascismo en cualquiera de sus expresiones. Fascismo populista, ese es el gran peligro. Solo hay que mirar a Francia. Marine Le Pen podría ser la siguiente presidenta de la República —aunque creo que perderá en la segunda vuelta—, pero mientras tanto ese caldo de cultivo crece y se puede exacerbar si hay un suceso trágico que conmocione a la sociedad. Mire los años de Trump, el mundo se iba a acabar. Trump ha sido una plaga, no solo para EE UU. Creo que hemos usado poco esa palabra que empieza por f, fascismo, y la deberíamos de usar más porque esta gente es fascista, como lo fue Franco o Mussolini, y ahora están en muchos lugares, ya sea en el Brasil de Bolsonaro o en la Filipinas de Duterte. Quizá lo peor de Trump es que ha dado legitimidad a otros políticos para imitar su modelo. Y hemos tenido suerte de que Trump sea un idiota, si no…

P. Tras cuatro años de Administración de Trump y con 70 millones de votos en su haber en las últimas elecciones que perdió, ¿sigue siendo Estados Unidos el faro liberal en el mundo?

R. No cabe duda de que hemos sido sometidos a una gran prueba. ¿Podemos seguir siendo el faro del liberalismo? Yo diría que sí. Porque Donald Trump ha sido un criminal que debería de estar en la cárcel. Pero no nos engañemos, Trump no está acabado. Tengo una prima que vive en Arizona y tiene caballos. Hasta ahí todo normal, ¿verdad? Pues quiere comprarse un arma para defenderse de esas hordas de inmigrantes que nos van a quitar el trabajo. Votó por Trump y reverencia al líder, y no hay mayor prueba de fascismo que eso.

P. Con su perfil liberal, libertario como usted dice, ¿qué opina de la defensa de Biden sobre el papel del Gobierno federal, con esa masiva inyección de dinero para trabajos, infraestructuras, protección social…?

R. Biden está haciendo un excelente trabajo. Pero principalmente porque no está causando pánico entre la gente. No tiene un discurso del miedo. Biden es bueno para el país, a pesar de que estoy en desacuerdo con gran parte de las propuestas demócratas. Yo no soy demócrata. Soy liberal. No creo que aumentar el salario mínimo a 15 dólares la hora vaya a hacer que haya menos pobres, casi seguro que pasará lo contrario: no habrá trabajo.

P. ¿Con qué otras partes de la agenda de la Administración de Biden-Harris no comulga?

R. Con sus propuestas medioambientales, se exagera mucho la amenaza que existe contra el medio ambiente. No es un problema tan serio como la paz mundial o la pobreza. Y, permítame, uno sabe que algo no va bien cuando una colegiala sueca se convierte en la heroína del movimiento a favor del medio ambiente. No estamos pensando como adultos.

P. Pensando como adultos… Usted dice en el epílogo de El manual liberal que “el liberalismo es adultismo”.

R. A mucha gente le gusta que le digan lo que tiene que hacer. Y eso lleva a una libertad infantil. Bajo la definición que hizo [en 1819 el filósofo francés Benjamin] Constant, hay dos tipos de libertades, la antigua (la libertad de los antiguos) y la moderna (la libertad de los modernos). Esta última es poder gobernarte a ti mismo, con lo que ganas con tu esfuerzo, honradamente, siendo honesto. La libertad de los antiguos es la que te da el derecho a participar, a votar. Los humanos queremos ambas libertades. Pero cuando te gusta ser dirigido, acabas teniendo una libertad infantil; renuncias a gobernarte. Hoy la gente reclama hombres montados en caballos blancos que los salven: ¡más Mussolinis, más Perones, más Putins!, que impongan estatismo antiliberal.

P. También dice que “América Latina está llena de adultos infantiles”.

R. Sí, es trágico. Argentina es el mejor ejemplo. Venezuela es una catástrofe absoluta.

P. Ha sido marxista; colega del inspirador del libre mercado, Milton Friedman; ha sido usted profesora; se ha acercado a la escuela austriaca de Friedrich Hayek…, y hoy reclama para el mundo la economía de lo humano, humanomics.

R. ¡Todos somos o deberíamos ser marxistas a los 20 años! La economía de lo humano es muy sencilla: aplicar las humanidades a la economía, la filosofía, la literatura, la historia… Tanto los marxistas como los burgueses simplifican al humano, los primeros porque lo encajan en una clase social y los segundos porque solo lo ven como maximización de beneficios.

P. Ha hecho muchos cambios, cambió de ideas y a los 53 años cambió de género. Pasó de llamarse Donald a llamarse Deirdre. Imagino que no se sintió discriminado siendo un estudiante blanco en Harvard y posteriormente profesor en la Universidad de Chicago y Iowa. Como mujer, ¿se ha sentido discriminada?

R. Solo hacía un mes que era mujer cuando viví la discriminación. Estaba hablando con un grupo de economistas de lo que hablan los economistas: de economía. Todos sabían que yo antes había sido un hombre. Hice un comentario y pasó inadvertido. Momentos después, George dijo exactamente lo mismo. “¡George, es brillante!”; “¡George, deberían de darte el Nobel!”. Fue la primera vez que me sentí discriminada y la última que lo disfruté. Pensé: ¡Sí, soy una mujer, como tal me han tratado! ¡Lo conseguí!

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