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El mapa hacia el futuro de la economía china | Economía

El presidente chino, Xi Jinping, en la Asamblea Nacional Popular, el pasado día 8.PILIPÍA ROMANA / EFE

Durante aquellos años en que el PIB chino no conocía freno, circulaba entre los corrillos académicos de Pekín una metáfora recurrente que equiparaba la marcha de la economía con la de una bicicleta. “Cuanto más rápido, más estable”. Sin embargo, a medida que el paseo avanzaba y los grandes números quedaban atrás, comenzaron a surgir dudas respecto a dicho planteamiento: quizá la velocidad punta no fuera primordial. La búsqueda de un nuevo método para medir y perseguir el desarrollo ha acabado por plasmarse en el 14º Plan de Desarrollo Quinquenal, aprobado la semana pasada por el aparato legislativo del gigante asiático.

El documento, herencia de la planificación estatal soviética, ha evolucionado a la par que el país, pasando de rígida agenda con cuotas de producción a directrices generales. De acuerdo a Xinhua, la agencia de noticias oficial, “expone las intenciones estratégicas de China, especifica las prioridades gubernamentales y guía y regula el comportamiento de entidades de mercado”. Por ello tiene un gran valor, pues su exposición comprehensiva dibuja el mapa que conduce, cinco años vista, al futuro.

La redacción del texto ha estado supervisada “personalmente” –prensa estatal dixit– por el líder Xi Jinping, quien a lo largo de los últimos tres años habría recogido propuestas y comentarios en reuniones con todo tipo de actores sociales. Su contenido fue debatido en la reunión anual de la Asamblea Nacional Popular (ANP) y refrendado a su conclusión con 2.873 votos a favor, 12 abstenciones y 11 rechazos anecdóticos. Las 148 páginas resultantes comprenden veinte indicadores estructurados en cinco áreas: desarrollo, innovación, bienestar popular, sostenibilidad y seguridad.

Un detalle evidencia el trance histórico que encara el Gobierno: a diferencia de los trece anteriores, este Plan Quinquenal no establece un objetivo de crecimiento para el PIB. El precedente –en vigor de 2016 a 2020– preveía una expansión anual media del 6,5%, propósito truncado por la pandemia, la cual arrojó un 2,3% para 2020. Este guarismo constituye el peor resultado de China en casi medio siglo, pero también hace de ella la única gran economía que la crisis sanitaria no arrastró a números rojos.

“La ausencia de un objetivo para el PIB es síntoma de un gran debate no resuelto entre quienes defienden una cifra más baja que permita lidiar con problemas estructurales como la deuda, una posición extendida entre los académicos, y aquellos que apuestan por mantener el rumbo”, expone Michael Pettis, profesor de Finanzas en la Universidad de Pekín. La meta no es un crecimiento mayor per se sino, en palabras de Xi, de “mayor calidad”.

La más clara manifestación de este viraje llegó cuando, también durante la Asamblea, el primer ministro Li Keqiang anunció que el objetivo de crecimiento para 2021 será el 6%. Una marca modesta teniendo en cuenta que las proyecciones del Fondo Monetario Internacional apuntan por encima del 8%, pero un punto medio frente a las voces que pedían obviar el PIB para focalizar la atención estatal en otras métricas como el desempleo. “Caminar rápido no quiere decir necesariamente caminar con firmeza”, manifestó Li durante su rueda de prensa posterior.

Ahora bien: que el Plan Quinquenal no mencione un objetivo no quiere decir que no exista. Como explicó Hu Zucai, director adjunto de la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma, aunque se defina en términos “cualitativos” contiene también una dimensión “cuantitativa implícita”. El nuevo enigma de la sinología consiste en atribuir un número a las palabras, las cuales solo dictaminan que China debe alcanzar un PIB per cápita a la par con “países moderadamente desarrollados”. La definición del primer ministro no concedió más pistas: “Un nivel razonable”.

Ante este interrogante, la hemeroteca acude en auxilio. “Xi anunció su ambición de doblar el tamaño de la economía en 15 años, lo que requiere de un crecimiento anual del 4,7%, el cual debe ser más rápido al principio para compensar la ralentización progresiva”, calcula Pettis. “Por mucho que la economía global rebote en 2021, no creo que lo logren”. Este énfasis renovado en la “calidad” del crecimiento está vinculado asimismo con la inquietud ante la deuda, uno de los principales riesgos sistémicos, que en el último año ha disparado su incremento hasta alcanzar un porcentaje equivalente al 280% del PIB.

Un intricado nudo

“Este plan es mucho menos específico que los anteriores”, afirma Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia de Natixis. “Creo que esto se debe a que China se aproxima a un escenario cada vez más complejo. Hay muchos frentes abiertos y la incertidumbre es enorme”. El texto oficial trasciende la economía y otras consideraciones domésticas: todos los ámbitos están enlazados formando un intricado nudo. De acuerdo a sus disposiciones, esta “nueva etapa de desarrollo” coincide con un escenario global de creciente animadversión: en ambos procesos la innovación juega un papel clave.

Buena prueba de ello es que la tecnología cuenta, por primera vez, con capítulo propio. El impulso estatal a la innovación, concepto abstracto, se traduce en términos prácticos en más recursos. El Gobierno se propone que a lo largo de los próximos cinco años la inversión en I+D crezca a un ritmo anual superior al 7%, una cifra asequible dado que en el último cuarto de siglo nunca se ha apeado del 8%. En términos absolutos, China destina a esta partida un 2,4% de su PIB, tres puntos porcentuales menos que Estados Unidos.

Los fondos irán a parar a aquellos sectores considerados “estratégicos”. El plan menciona siete: inteligencia artificial, información cuántica, semiconductores, neurociencia, ingeniería genética, medicina clínica y la exploración del espacio, profundidades oceánicas y los polos. El tema central es la autosuficiencia: un concepto transversal en la planificación, pues China pretende acotar sus vulnerabilidades y blindarse ante el exterior.

Fomento del consumo

Esta noción también está en la base del nuevo modelo económico conocido como el sistema de “doble circulación”. Este consiste en una sustitución de importaciones acompañada del fortalecimiento de la demanda interna. Para ello el Gobierno debe fomentar el consumo, un área todavía renqueante y pendiente de consolidación a causa de los efectos de la crisis sanitaria. “Todavía hay mucha incertidumbre sobre la recuperación la economía global”, reconocía Li, “las pymes siguen tratando de recuperar su vitalidad”.

Otro de los núcleos del crecimiento “de calidad” pasa por la productividad laboral. El plan quinquenal hace énfasis en esta cuestión, apostando por mantener su crecimiento en cuotas superiores al PIB. Se trata de una necesidad imperiosa, dada la mengua de la población activa consecuencia de las tendencias demográficas. Las autoridades tratan de incentivar la natalidad, que se encuentra en su nivel más bajo en siete décadas. Esto apunta, también, a una medida que cada vez parece más próxima, aunque el plan no la recoge: el retraso de la edad de jubilación. “El Gobierno la postergará todo lo que pueda porque es impopular, pero es inevitable”, explica García-Herrero.

Por todo lo anterior, la mejora de las condiciones sociales es prioritaria. Siete de los veinte indicadores que recoge el texto oficial están relacionados con esta cuestión, una proporción sin precedentes. “El modelo social basado en las grandes empresas estatales no es sostenible para una clase media cada vez más amplia, pero el país no podrá instaurar un estado del bienestar pleno”, añade la economista. Quizá la metáfora haya sido desechada, pero la bicicleta sigue avanzando.

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