La presidenta de la Comunidad de Madrid y vencedora en las elecciones regionales, Isabel Díaz Ayuso, acompañada por el presidente del PP, Pablo Casado, este martes en la sede del partido en la calle de Génova.Samuel Sánchez

Dos años en política son una eternidad. En 2019, Isabel Díaz Ayuso perdió las elecciones (logró gobernar gracias a un acuerdo con Ciudadanos y el apoyo de Vox). No tenía experiencia de gestión y en su partido más de uno puso el grito en el cielo con su candidatura porque la consideraba una apuesta demasiado personal y arriesgada por parte de Pablo Casado. Este martes la candidata popular entra holgadamente en el exclusivo club del 40%, el de los presidentes autonómicos que en los competitivos tiempos del multipartidismo alcanzan ese porcentaje de votos. En el PP, además de ella, solo pertenece a él el líder de la espantada de las primarias, Alberto Núñez Feijóo.

Durante meses empleó buena parte de sus minutos ante los periodistas en matizar sus afirmaciones (y Casado, igual). Declaraciones en las que aseguraba que ardían iglesias, o en las que celebraba los atascos, o en las que decía que los contratos basura no eran para tanto o que si uno se marchaba vacaciones, le okupaban la casa. Pero con el tiempo, ese lenguaje hiperbólico y “sin complejos” que elogian Esperanza Aguirre y Cayetana Álvarez de Toledo se ha convertido en una de sus bazas. No importa demasiado que Ayuso se equivoque en las fechas cuando trata de afear al Gobierno que se ocupe más de la exhumación de Franco que de la pandemia; que mienta al decir que los etarras van a ser indultados; que no haya aprobado unos presupuestos y que su principal promesa electoral sea la libertad para beber cañas. Su campaña, planteada como un duelo con Pedro Sánchez, ha funcionado. El electorado de la derecha ha visto una oportunidad de castigar al Gobierno central a través de Ayuso, que se come a Ciudadanos y saca también a muchos votantes de la abstención, como señalaba la encuesta de Metroscopia para EL PAÍS.

Su aplastante victoria, que permitirá al PP rozar las tres décadas al frente del feudo madrileño y conservar un gran escaparate de poder, afecta a la estrategia nacional del partido. El discurso de Casado de las últimas semanas ya no era el mismo que el de la moción de censura de Vox, cuando se plantó ante Santiago Abascal –”no queremos ser como ustedes” o “hasta aquí hemos llegado”–, sino uno más próximo a las intervenciones de Ayuso, intercambiables, en temas como el feminismo, con las de la extrema derecha. “La moderación no es una virtud”, han repetido estos días Aguirre y Álvarez de Toledo, señalándole al líder del PP el ejemplo de la presidenta madrileña. Ayuso está más cómoda con Vox que con el extinto Ciudadanos. Las últimas elecciones autonómicas han mostrado dos caminos: Feijóo y Ayuso han triunfado con estrategias contrarias, desmarcándose de Vox o haciendo guiños a sus votantes. Casado tendrá que elegir entre los dos métodos para tratar de lograr su prometida refundición de la derecha.

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