Hay teloneros pesados, y luego está Pablo Casado. El presidente del PP cogió el micrófono y no lo soltaba, hablaba de esto y de lo otro y de lo de más allá, pero cuando hacía una pausa para lanzar el siguiente mensaje, los simpatizantes del PP que se habían reunido frente al número 13 de la calle Génova —en la primera macrofiesta legal en más de un año y en la primera macrofiesta del PP desde 2011— gritaban: “¡Ayuso, Ayuso, Ayuso…!”. Pero nada, Casado, que a esta hora estará preguntándose si no se precipitó al encargar la mudanza de la vieja sede, seguía erre que erre, robándole minutos a la reina indiscutible de la noche, que cuando tomó la palabra regaló a los presentes un ensayo completo sobre la libertad y un popurrí de sus grandes éxitos, como si la campaña electoral no hubiese acabado. Pero qué son las macrofiestas y los triunfos electorales si no eso, un estribillo incesante, una alegría entre iguales y, si se tercia, una pulla al perdedor:

—El señor Sánchez no ha podido entrar en Madrid.

Y ese “señor Sánchez” pronunciado por Isabel Díaz Ayuso con ese retintín tan suyo, sonó de pronto —seguro que también en los oídos de Pablo Casado— como aquel “váyase señor González” con el que Aznar embestía una y otra vez a principios de los 90 el prestigio gastado del presidente socialista. ¿Quién será a partir de ahora el ariete más eficaz contra el señor Sánchez? ¿Casado, el líder camaleónico al que su propia afición grita en sus oídos el nombre de Ayuso, o la nueva lideresa, agarrada desde hace años a una palabra llamada libertad?

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—¡Ayuso, Ayuso, que hable Ayuso!

Una victoria buena, pero buena de verdad, con su mayoría aplastante y su oposición hundida en la miseria, no se vivía aquí desde hace casi 10 años. Exactamente desde noviembre de 2011, cuando Mariano Rajoy, vestido con el disfraz de líder carismático, superó incluso la marca de Aznar en 2008 —lo que debió doler eso en el despacho principal de FAES— y logró 186 escaños aprovechando el hundimiento del PSOE. Solo unos meses antes, el 22 de mayo, Esperanza Aguirre había conseguido su tercera mayoría absoluta. No es que después de aquel año tan bueno para el PP no hubiera más victorias, claro que las hubo, pero fueron victorias más tristes, desvaídas, incluso pírricas, como aquella de la propia Aguirre en 2015, cuando logró ganar las elecciones al ayuntamiento de Madrid, pero sin la suficiente fuerza para evitar que una alianza de izquierdas aupara a Manuela Carmena al Ayuntamiento. De aquello se acuerda bien Díaz Ayuso, porque por aquel entonces la ahora lideresa absoluta de Madrid llevaba la cuenta de Twitter del perro de Aguirre, que atendía por Partes. Esto, que ha sido utilizado con frecuencia a modo de escarnio contra Ayuso, demuestra hasta qué punto con trabajo, constancia y una idea, aunque solo sea una, se puede llegar lejos en la política. ¿Que cuál era la idea de la encargada de la cuenta del perro de Aguirre para llegar a diputada regional primero y a presidenta de Madrid después? Basta consultar el historial de @soypecas para ver que, ya el 18 de mayo de 2015, el perro ladraba así: “Los comunistas no quieren que me paseen. No quieren libertad. ¡Guau! #FreePecas”.

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Y ahí sigue Díaz Ayuso, a vueltas con el comunismo y la libertad, sin apartarse un milímetro de su propio discurso, simple pero eficaz, sencillo de memorizar e incluso de exportar. Matteo Salvini, el líder de la Liga Norte italiana, la felicitó por la red social Twitter citando la palabra mágica: “Enhorabuena a la presidenta Isabel Díaz Ayuso, mujer de sentido común y valentía, que combinó la protección de la salud, el derecho al trabajo y la libertad”.

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Por lo demás, la noche en Génova 13 fue como todas las noches electorales, más tibia quizás al principio, tal vez por la falta de costumbre. El maestro de ceremonias ensayaba todos los estilos posibles —desde Dion a Bruce Springsteen pasando por Camilo— sin conseguir que el personal se levantara de las 250 sillas de plástico blanco que el PP había colocado en el cruce con la calle Zurbano. Solo consiguió algo cuando contó que un amigo suyo que se llama Javier y que estaba trabajando de cámara en la calle de Ferraz, sede del PSOE, lo acababa de telefonear.

—Me ha dicho: Pulpo, aquí no hay nadie. ¡La calle está vacía!

Y entonces sí, los simpatizantes empezaron a bailar, porque no hay nada mejor para asumir la propia victoria que certificar la derrota del enemigo. Al filo del toque de queda, desde la marquesina, que no balcón, de la sede que alquiló Fraga, compró Aznar, disfrutó Rajoy y vendió Casado, Isabel Díaz Ayuso inició la reconquista de Génova 13 y quién sabe si también la del PP.

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