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España 2050 | España | EL PAÍS

Como dice mi admirado Sergio del Molino: “Ni somos tan pocos, ni estamos tan aislados ni somos tan frágiles. La comunidad llamada España sigue siendo posible”. Fue así como sucedió todo, dándole una vuelta más al país que nunca fue como tantos otros en el pasado, y forjado bajo la ilusión de una visión tan humilde y sencilla como llena de esperanza: la España que nos merecemos. “Tenemos un proyecto de presente y renovación para modernizar España, pero para lograrlo, el largo plazo lo es todo. Conseguirlo no será fácil, pero no es imposible”. Esas fueron las palabras del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, cuando nos pidió al equipo del Gabinete de la Presidencia del Gobierno dar un impulso estratégico a la disciplina de la Prospectiva en España a lo largo de esta legislatura. El reto se sintetizaba en dos palabras: España 2050.

El presidente fue muy nítido y ejecutivo como es él: España no solo no podía quedarse atrás en esta carrera hacia el futuro que otras grandes democracias llevan años practicando, sino que debíamos tomar posiciones y situarnos en primera línea de salida, tanto a nivel nacional como internacional. Con las ideas muy claras: abandonando toda tentativa cortoplacista o partidista, donde los horizontes temporales se recortan drásticamente y lo urgente tiende siempre a eclipsar lo importante; alejándonos de cualquier estrechez de miras que impide prepararnos para aprovechar oportunidades y superar los obstáculos que nos dificultan competir, por ejemplo, con las economías asiáticas, inspiradas más que la nuestra en el largo plazo; y elevándonos también para no limitarnos, con el deseo inherente de los españoles de avanzar desarrollando todo el potencial real de nuestro país.

Y fue desde estas bases que en enero de 2020 el presidente constituyó la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia. Nos sumábamos así a una práctica de las naciones más avanzadas del mundo. Pero había algo más: en realidad, aunque quizás no todos lo recuerden, retomábamos la senda iniciada en el año 1976 por el expresidente Adolfo Suárez. Durante la Transición se estableció, también como ahora en el seno de la Presidencia del Gobierno, un Instituto Nacional de Prospectiva con el mandato de estudiar “con un carácter multidisciplinar los problemas del futuro” y asistir al país en aquellos años clave.

España se enfrenta hoy a una década de cambios tan vertiginosa y decisiva como la de entonces, precipitados por los efectos disruptivos de la pandemia y la aceleración de grandes desafíos como el cambio climático, la digitalización, el envejecimiento, el reto demográfico, la cohesión social, la igualdad entre hombres y mujeres o las transformaciones del orden global. Nuestro país, al igual que otras democracias de nuestro entorno, afronta tres grandes fragmentaciones que a la vez son retos para nuestra sociedad: la territorial, la generacional y la ideológica.

En este contexto de enormes incertidumbres y transformaciones, resulta imprescindible en la gestión y práctica pública que España tenga la capacidad de mirar más allá del presente inmediato, y profundizar sobre los retos y oportunidades que traerán las próximas décadas. España 2050 es una visión, un ejercicio, una reflexión, un horizonte, un compromiso, un territorio y un espacio de diálogo para medir, analizar y actuar.

Por fortuna, cada vez más países están abriendo los ojos a este desafío: el de tratar de lidiar con los cambios antes de que sean demasiado grandes; antes de que la brecha entre el presente y el futuro se incremente. Así lo demuestra la creación de unidades de prospectiva estratégica en Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Finlandia, Singapur, Suecia y Reino Unido, entre otros, pero también organismos internacionales como la OCDE, la OTAN, o la Comisión Europea.

No se trata de adivinar el futuro. Nadie tiene, ni en la política ni en la vida, el algoritmo del éxito. Se trata de entender mejor el futuro mediante el análisis riguroso de la evidencia empírica, y de articular los diálogos sociales necesarios para construirlo, unidos desde el rigor y la vocación de acuerdo que requieren todas las políticas de largo plazo en una democracia madura y plena como lo es España.

Nuestro país es muy dado a reflexionar sobre su pasado. Esto es determinante, porque en el pasado encontramos las claves para entender de dónde venimos y lo que somos; allí habitan nuestros monstruos y, por supuesto, nuestros mejores sueños. Sin embargo, tanto la generación de la democracia como la de la Transición sabemos que ni el pasado ni el presente pueden cambiarse: solo el futuro puede ser modificado. Es en el futuro donde viviremos el resto de nuestras vidas, donde crecerán nuestras hijas e hijos, donde seremos abuelas y abuelos y prosperarán nuestros pueblos y ciudades. Parece, por tanto, sensato dedicarle un espacio al futuro. Una parte de nuestros desvelos, esfuerzos y objetivos.

Vienen décadas de cambios profundos y acelerados. Si sabemos aprovecharlos, España podría resolver viejos problemas enquistados y alcanzar unas cotas de desarrollo económico y bienestar social que hoy apenas llegamos a vislumbrar. Pero para lograrlo como generación, se necesitará un plan concreto, y tiempo. El tiempo lo es todo en política: tiempo para deliberar y construir acuerdos; tiempo para diseñar, testear e implementar las políticas adecuadas.

Vivimos, además, tiempos no líquidos. Nuestra realidad, aunque así lo creyera Zygmunt Bauman, ya no nos cabe en un vaso de agua. Nuestros tiempos son gaseosos. En el ritmo frenético de nuestra actividad política, económica, social o cultural, no siempre podemos dedicar ni el tiempo que quisiéramos ni los recursos necesarios para planificar el futuro. Internet y la globalización han convertido la esfera pública, al igual que las redes sociales, en un torbellino dominado por la inmediatez, en el que “la actualidad” apenas dura unas horas, cuando no segundos, y los acontecimientos se suceden unos tras otros a una velocidad vertiginosa. Cada noticia reemplaza a la anterior sin que apenas haya tiempo para analizarlas con el sosiego y la profundidad necesarios.

España 2050 sí lo hace. Es un documento vivo, y el primer paso para un gran diálogo nacional a través de un ejercicio sobre nuestro futuro inédito hasta ahora, realizado mano a mano entre la Administración pública y la sociedad civil. Sin escatimar en tiempo ni en consenso. Mirando unidos al porvenir.

A las 11.30 del próximo jueves 20 de mayo, en el Auditorio Reina Sofía de Madrid y bajo el título Fundamentos para una Estrategia Nacional de Largo Plazo, el presidente del Gobierno, junto al vicepresidente de Relaciones Institucionales y Prospectiva de la Comisión Europea, Maros Sefcovic, presentará el ejercicio en el que llevamos trabajando, con discreción, desde hace más de un año en España.

Se trata de un ejercicio de Estado protagonizado por diferentes expertos e instituciones, y por encima de ideologías y de partidos. Los principios para la Estrategia se construyen sobre más de 1.600 referencias bibliográficas, modelizaciones matemáticas y 350 gráficos basados en 500 series de datos. Hemos estudiado los principales modelos anticipatorios del mundo. Hemos colaborado con académicos de más de 30 universidades, y con organismos como el Banco de España, la Comisión Europea, la OCDE o la AIReF. Y el resultado final, el informe España 2050, lo firman exactamente 100 autores, a quienes queremos agradecer su participación.

La Oficina está compuesta por un equipo multidisciplinar liderado por Diego Rubio, con jóvenes investigadores, licenciados y/o doctorados en economía, historia, sociología, ciencias políticas, derecho y ciencias ambientales con una media de edad de 35 años. Para el presidente siempre ha sido fundamental incorporar a los proyectos en marcha a la generación de la democracia, porque es el principal motor de nuestro país. Desde su constitución, la Oficina está en contacto permanente con sus homólogas en todo el mundo. Ya se ha unido a la European Government Foresight Network, y los primeros resultados están llegando: la Comisión Europea nos comunicó hace unos días que los trabajos de España, que presentamos esta semana, han sido seleccionados junto al Informe de las oficinas de Francia y Finlandia (con décadas de historia en la disciplina del Foresight) como tres buenos ejemplos en Europa para inspirar a las oficinas de los países de los demás Estados miembros.

La comunidad llamada España sigue siendo posible. El nuestro es uno de los países más desarrollados del mundo. Y quienes tenemos el privilegio de habitar en él, lo sabemos. Nace algo nuevo. Hay señal frente al ruido. Ni somos tan pocos, ni estamos tan aislados ni somos tan frágiles. Llegó nuestro momento.

Iván Redondo es director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno de España.

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