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Las mujeres de Guinea Bisáu conocen bien el machismo. Lo experimentan cada día. Ellas viven en una sociedad que las relega a un segundo plano tanto en la esfera pública como privada. Es un sentimiento y una realidad que corroboran los datos. Así, su formación académica es menos importante que la de los varones: el 47,7% de los hombres de 15 a 49 años es analfabeto, frente al 67,4% de la población femenina. Las chicas son educadas, en palabras de la ministra de Igualdad, Maria da Conceiçao Silva Évora, “para encargarse de la casa”.

Más de la mitad (52,1%) han sufrido algún tipo de mutilación genital, según el último informe de situación de mujeres e infancia del país, publicado en 2020. Y casi una de cada cinco han sido madres o están embarazadas antes de cumplir los 18 mientras que solo un 0,5% de chicos menores de edad son padres. “Tenemos que luchar para cambiar la mentalidad. Pero no será fácil. Sabemos la sociedad que tenemos”, comenta la mandataria.

FOTOGALERÍA | Unidas por hilos de colores

En esa batalla para subvertir una cultura machista están las integrantes de la Asociación de Mujeres Guineanas Marcadoras de Tela (AMUGUIMAPA). Son bordadoras de paños tradicionales del país que han decidido unirse para mejorar su situación en todos los sentidos: desde la parte económica hasta la personal. Así lo explica la fundadora y presidenta de esta organización, Ana Joao Afonso Bagine. “Tardamos mucho en hacer los paños porque es un trabajo artesano. Por eso, he intentado aglomerar a muchas mujeres y hemos creado una ONG”. Con el trabajo en cadena producen más rápido, detalla en la lengua local ―el criollo― traducida por una pariente que vivió en Barcelona. “Una dispone las telas, otra las marca [borda], otra teje las bandas que sirven de unión… Lo que antes hacíamos en dos meses, ahora tardamos dos semanas”, indica mientras esparce eufórica sus creaciones por el suelo de su casa en Bisáu, la capital.

“Cada faja tiene su nombre, que se corresponde con lo que se representa: corazón, gatos, la selección de fútbol del país…”. De ese último paño, compuesto por cuatro franjas bordadas, Joao se siente especialmente orgullosa. Está representado el equipo nacional, el presidente de la federación y hasta la prensa que cubre los partidos. En la elaboración de este tipo de piezas formadas por cuatro fajas bordadas a mano y unidas por un encaje participan siete mujeres, que cobran más o menos en función de la complejidad de la tarea. Las más cotizadas son las marcadoras. En total, una de estas creaciones cuesta unos 215 euros (140.000 francos, sumados materiales y mano de obra) y se usan en ocasiones especiales como bodas, funerales y otras ceremonias tradicionales africanas. Las simples sirven de adorno para la cabeza. Y también tejen patucos, portabebés y blusas.

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“Lo hacemos para beneficiar a las mujeres, para pagar el alquiler, la escuela, la comida”, asegura Joao. “Somos muchas las que nos dedicamos a la artesanía. Esto es como un empleo”. Con la ONG, que aglutina a 30 socias, han logrado optimizar su proceso de producción, pero todavía les queda mucho camino por recorrer para lograr su objetivo: revalorizar su producto, vender más y alcanzar unos ingresos suficientes para ser autónomas económicamente.

“Tenemos que trabajar para no depender de los hombres”. Sin embargo, su único escaparate es todavía el boca a boca. Carecen de una página o redes sociales en internet y tampoco cuentan con un espacio o mercado donde mostrar su género. “Si viene alguien y lo quiere, se le vende; y nos hacen encargos”, dice la impulsora de esta iniciativa, que sueña con obtener “ayuda de socios extranjeros u ONG para exportar”. “Fuera gusta mucho la cultura africana”, razona.

Más de la mitad de las bisauguineanas (52,1%) ha sufrido algún tipo de mutilación genital

Para ser una artesana beneficiaria de esta organización, “hay reglas”, deja claro Joao. Para ser miembro de AMUGUIMAPA y hacer este trabajo remunerado, las mujeres tienen que pagar sus cuotas, acudir a las reuniones cuando se las llama y participar dando su opinión. Por eso, ante la esperada visita de la prensa, la presidenta ha convocado en su domicilio a un grupo de integrantes para que relaten su experiencia. Leonarda Mauricio Méndez, de 51 años, es una de las bordadoras.

“Soy marcadora desde los 12 años. Primero se empieza haciendo diseños y contando hilos. Luego, al bordar, si te equivocabas, te pegaban”. A base de paciencia y golpes, aprendió el que hoy es su oficio de una tía. “Antes, los mayores se beneficiaban de lo que nosotras marcábamos; ya no es así gracias a la asociación. Ahora trabajamos y se nos paga. Esto es un empleo para acabar con la pobreza; para costear todo, para no tener que pedir prestado para comer”, cuenta.

Antes de la creación de la ONG, si Mauricio bordaba un paño para un ataúd, pues es tradición cubrirlos con estas telas para que el difunto no pase frío en el más allá, no veía un franco. Ahora, cobra por su labor, la más minuciosa y mejor remunerada de todo el proceso. Ella es de las pocas asociadas que vive con su pareja. “A mi hombre le gusta que haga esto porque converso con él mientras marco”, dice. Para la mayoría, madres cabeza de familia, abandonadas o viudas, este trabajo supone una imprescindible fuente de ingresos.

Es el caso Joao, de 44 años y madre de tres hijos, dos chicos y una niña. A su marido no le gustaba que su esposa se organizase con otras para mejorar sus condiciones. “Mi matrimonio se acabó por este proyecto. Mi hombre me dijo que yo quería hacer demasiadas cosas y me ponía problemas, peleábamos y me pegaba cuando tenía reuniones”, acaba revelando. Y confiesa que, cuando se acuesta en su cama al final del día, sueña con triunfar y que su expareja se arrepienta de haberla maltratado. “Así que la lucha continúa”, sonríe y cambia de tema.

Esto es una riqueza que el país tiene, ayuda a difundir nuestra cultura y crea empleo para las mujeres. Pero hasta hoy nadie nos ha apoyado

Ana Joao Afonso Bagine, AMUGUIMAPA

Joao aprendió a bordar de su madre, de la que lleva su pañuelo de casamiento. “Esto es una riqueza que el país tiene, ayuda a difundir nuestra cultura y crea empleo para las mujeres. Pero hasta hoy nadie nos ha apoyado”, lamenta. Ella tiene planes. Piensa incluir en su asociación un proyecto de sensibilización contra la mutilación genital femenina. “Lo estoy intentando. Quiero que las chicas vengan aquí a coser, que trabajen y se empoderen. Y así se negarán a ser mutiladas. Las mujeres sufren mucho con esta práctica, perjudica a la salud. Y tenemos que sensibilizar para que se deje de hacer”, expone. También habla de un grupo de gastronomía local y otras ideas que suelta como un torbellino.

Una escuela de aprendizaje, eso es lo que quiere crear, focaliza finalmente. “Los jóvenes ahora ven mucho la televisión y las chicas se quedan embarazadas. Si tenemos un centro, pueden venir y ocupar su tiempo en aprender a marcar”. Además, su salud estará más atendida. La ONG cuenta con una responsable de salud para cuidar de las integrantes y sus familias. Es Adelina Delgado Pinto, técnico de laboratorio que apoya a la organización. “Aquí lo más frecuente es el paludismo, la gripe, diarrea… Como todavía no tenemos agua potable, bebemos de la fuente y hay que esterilizarla”. Por prevención, ahora, con la covid-19, cada socia trabaja en su casa. Pero estas mujeres siguen unidas por sus hilos de colores, sus bordados, sus historias de discriminación y lucha. Y están convencidas de que juntas son más fuertes para mejorar sus vidas.

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