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Hugo González, oro y plata en los Europeos de Natación en apenas una hora | Deportes

Hugo González, tras ganar los 200 estilos en los Europeos de Natación.Petr David Josek / AP

El enorme talento de Hugo González de Oliveira se anunciaba desde adolescente, cuando se entrenaba en el centro de tecnificación de la Comunidad de Madrid. Solo le faltaba encontrar el ecosistema adecuado para madurar y expresar en la competición toda la facilidad que exhibía para deslizarse en el medio acuático. Lo consiguió después de un largo viaje que le llevó hasta California, un periplo mental y físico a través de vías muertas, conflictos e incertidumbre. Con 22 años, este jueves en el Campeonato de Europa de Natación, en Budapest, alcanzó el punto en el que los deportistas toman plena consciencia de sus posibilidades y las ejecutan. Primero dominó la final de 100 metros espalda desde el cálculo táctico para sorprender a toda la concurrencia con un zarpazo que le valió la plata. Una hora más tarde hizo lo mismo en los 200 estilos, solo que mejorándose. Contra todo pronóstico, ganó el oro. Fue su tercera medalla en la competición que abre la puerta olímpica. Con su actuación, el nadador brinda al equipo de España la posibilidad inesperada de hacer algo más que viajar a los Juegos de Tokio aferrado a la sufriente Mireia Belmonte.

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La prueba de 100 espalda, como todas las carreras de 100 metros en piscina larga, ofrece una referencia capital en el paso por la pared. Los nadadores más resistentes, como el español, suelen dosificarse en la ida para volver más rápido. La clave consiste en calcular las dosis de energía que se reservan. La apuesta de González pareció extrema cuando llegó a la primera pared en sexta posición, después de recorrer el primer largo en 25,92 segundos. Parecía demasiado. El griego Christou y los franceses Ndoye y Tomac se le escapaban a medio metro de distancia. Pero los atrapó. Progresivamente, sin patinar, envolviendo el agua en cada brazada y transfiriendo la fuerza con serenidad y eficacia, hizo la vuelta más rápida (26,98 segundos) y consiguió la plata en 52,90 segundos, a solo dos centésimas del oro del rumano Robert Andrei Glinta. Si la piscina hubiera medido un centímetro, la carrera habría sido de propiedad española.

González debió hacer una sesión de descompresión en la piscina de calentamiento y someterse a masajes de recuperación antes de volver a ponerse las gafas para nadar la final de los 200 estilos. La prueba que inmortalizó a Michael Phelps, el test de idoneidad que separa a los gigantes de la natación de los simplemente muy buenos, obliga a nadar a la máxima velocidad cuatro largos en cuatro estilos. Mariposa, espalda, braza y libre, sucesivamente, suponen la prueba de coordinación y destreza más exigente que reserva el catálogo. El español se atrevió con ella en condiciones que habrían intimidado a un nadador menos seguro de sus posibilidades.

Preparación en Estados Unidos

Encajonado en la calle dos, una mala posición para controlar a los rivales, González puso en marcha la calculadora. Pasó en sexta posición por la primera pared, en quinta por la segunda, y en cuarta por la tercera. Cuando emprendió el último 50 parecía rezagado. Perdido en el oleaje que provocaban los cuatro competidores que le adelantaban: Desplanches, Razzetti, y el gran Laszlo Cseh. En la persecución de Jeremy Desplanches, que lideraba el concurso en la calle contigua, halló un punto de referencia decisivo. Su sección de nado libre fue otro ejercicio de perfección matemática. Solo un experto capaz de asegurar la eficiencia de cada brazada, de cada esfuerzo, puede conseguir equilibrar un cuerpo agotado en un medio inestable para propulsarlo sin derroche de energía hacia la máxima expresión de sus posibilidades. Cuando tocó la última pared, fue oro.

Su marca de 1m 56,76s no solo es un excelente registro para el concierto europeo. Le habría valido el bronce en el Mundial de 2019 y en los Juegos de 2016. Le sitúa como 3º en el ránking FINA de 2021 por detrás de Duncan Scott (1m 55,90s en los nacionales británicos y sexto en Budapest) y Mitchell Larkin (1m 56,74s en los nacionales de Australia).

”No me lo esperaba, la verdad”, dijo González al salir de la piscina a los medios oficiales de la federación española; “¡pero esto es competir! He intentado superar al que iba a mi lado [el francés Desplanches] y lo he conseguido”.

Después de tres años de incertidumbre, peregrinación y desencuentro con algunos técnicos de la federación, tras probar suerte en la Universidad de Auburn, en Alabama, y en Virginia Tech, el español se estableció en Berkeley. Allí ha competido con aplomo para el equipo de los Cal Bears en los campeonatos universitarios. A las órdenes de Dave Durden, que también oficia de jefe del equipo olímpico estadounidense, ha dejado de ser un simple talento para aprender a responder en situaciones límite. Por el camino, España ganó un competidor formidable.

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