Javier Limón, 47 años, toca todos los palos, y no solo porque no se le resistan la mayoría de los instrumentos musicales que pueblan su estudio en el madrileño y popular barrio de Batán. En su palmarés figuran 10 premios Grammy y más de 20 discos de oro y platino. También la inquietud de experimentar con todo y hacerlo con calidad, una fórmula que aplica a sus facetas como productor, compositor, letrista y profesor de música en la prestigiosa universidad de Berklee de Boston, Estados Unidos, donde llegó para pasar un año como profesor invitado y ya lleva 10 formando y descubriendo talento. “Mi música no depende en absoluto del número de visualizaciones ni de cuestiones financieras, lo que me pone es que las canciones acompañen a la gente en sus mundos. Y eso es un gran negocio porque la calidad objetiva, no hablo de la perfección, lo es. Mi mejor director de márketing es una buena canción”, dice quien está detrás de discos clave de la historia reciente de la música española y de grandes éxitos de artistas como Diego El Cigala, Luz Casal, Andrés Calamaro, Pepe de Lucía, Enrique Morente, Buika, Mariza, José Mercé, Ainhoa Arteta o Nella, que fue alumna suya y ganó el Grammy a mejor nueva artista latina en 2019.

Está en Madrid haciendo promoción del que será su próximo disco, Hombres de fuego. Un álbum que, como Mujeres de agua, es “otro homenaje a la mujer pero cantado por hombres”. Santiago Auserón, Coque Malla, Alejandro Sanz, Pablo López, Juan Luis Guerra, Pitingo o Carlos Vives son algunos de los que participan en este proyecto que una vez más vuelve a unir a amigos y etapas de la vida de Limón. Porque en las 10 canciones que componen la obra —todas inéditas y con letra propia o en colaboración con algunos de los cantantes que participan en el proyecto— hay sitio para las vidas musicales del productor: la flamenca, la latinoamericana, la de las grandes voces que han confiado en su buena mano…

Javier Limón, que es un pozo sin fondo de anécdotas que cuenta con esa gracia que invita a no levantarse del asiento durante horas, no da nada por hecho. Sabe que ser delgado te cambia la vida porque fue gordo y también que en la música hay que seguir aprendiendo y experimentando. “El que no ha sido gordo no lo puede entender. Ahora peso 67 kilos pero llegué a los 130. Me sabía de memoria la carta de los helados Frigo, bueno, me la sé porque yo sigo siendo gordo. Si pudiera comería todos los días papas con huevos”, dice riéndose mientras recuerda el día que llegó con sesenta kilos menos al mismo bar de siempre y la camarera, que no le reconoció, le llamó “tío” en lugar de tratarle de usted.

Con la música cree que pasa algo parecido: “Cuando ya has tenido éxito es todo mucho más fácil, aunque es un arma de doble filo. Yo antes tenía que demostrar todo el rato que lo que decía era verdad, ahora tengo credibilidad. Pero te digo una cosa, cuando me dicen: ‘Joe has hecho este tema en cinco minutos’, yo siempre digo: ‘Sí, en cinco minutos y en otros 25 años dándole a la maquinita”. Recuerda que tiene cartas de pequeño en las que decía que quería ser espía, químico o “no sé qué de las pirámides” pero que siempre las acababa diciendo que lo que le gustaba era la música. Comenzó cantando en el coro del colegio de los jesuitas de Madrid del que era alumno, estudió música clásica y oboe y pasó por momentos inciertos. Incluso uno en el que estuvo a punto de dejar aparcada su pasión porque no podía vivir de ella. “Sí, estuve a punto de dejar la música a los 23 años. Luego, con 24, tenía cuatro Grammys. Se juntaron las estrellas y me llamaron a la vez Paco de Lucía, Enrique Morente, Calamaro, salió Lágrimas Negras (el famoso álbum de Bebo Valdés y Diego El Cigala)… En 2004 tenía tres discos en el top 10 de ventas”.

Aún con ese currículo no da nada por sentado. Ahora está entusiasmado con las posibilidades de los ritmos electrónicos y con el poder de la imagen, un recurso inherente a la música en tiempos de YouTube: “Me estoy poniendo las pilas con eso. Igual que Morente cuando componía pensaba en la puesta en escena para cuando tuviera que cantar en un escenario, yo el otro día estaba escribiendo una letra y pensando en el vídeo, e influye”. Vive en Boston, tiene casa en Madrid y disfruta en la sierra del Andévalo, Huelva, donde regresa cada verano. “Huelva es la hostia, allí es todo la gamba, el jamón, todo muy auténtico. En Boston soy muy feliz porque no tengo ningún amigo”, explica riéndose. “Me levanto, voy a correr al laguito, cocino todos los días… Yo con mi hijo mayor no cené hasta que tuvo 11 años porque siempre llegaba a las tantas. Lo de Madrid es insólito, que si comidas, conciertos, vámonos para aquí o para allá… Y yo digo siempre a todo que sí”.

De su mujer, Eva Alcántara, con quien lleva 30 años, habla maravillas: “Es sobrina de Dulce Chacón y la grieta de Casa Limón (el nombre de su productora). Ella es una productora como no hay en el planeta, la típica que hace que pasen las cosas”. La cara se le va ablandando hablando de su familia y de sus dos hijos, Javier Jr. y Pablo, de 19 y 14 años, “dos gringos que se creen negros”, explica riendo. Javier Jr. sacará su segundo disco a finales de julio bajo el nombre de Frank Maza, una forma de diferenciarse del padre pero seguir anclado en las raíces porque mezcla el nombre del abuelo, Francisco Javier, con el apellido de la bisabuela, Maza. Estudia en Berklee y ya colabora con su progenitor. El pequeño toca de todo, la batería, el piano, la guitarra… “Y ahora le ha dado por los fandangos de Huelva”, descubre Limón, “son muy flamencos pero no son músicos flamencos. Pero imagínate en la escuela secundaria [el instituto] con la guitarrita y tocando por seguidillas en Boston. ¡Eso es la hostia!, jajaja”. Y continúa: “Hacemos de todo, producen, con Javier he hecho la banda sonora de Agustín Díaz Yanes, está de arreglista en el que será el nuevo disco de Alejandro Sanz… Tienen su carrera también como compositores y como solistas, y estudian, esa es para mí ahora la prioridad”.

Limón insiste en que su éxito no tiene fórmulas secretas. “A mis hijos les digo que no les pillen desprevenidos, que luego puede salir bien o mal pero tienen que estar preparados. A mis alumnos, cuando acaban la carrera, les descoloco cuando les explico que busco a alguien que cante villancicos de Zimbaue, con dembele, del siglo XVII, compuestos un martes lluvioso de febrero. Tras la cara de susto entienden que trato de explicarles que busquen su camino, que no hagan lo mismo de todos. Lo más importante para mí, como decía Juan Ramón Jiménez, es tener raíces y alas, que las raíces vuelen y las alas arraiguen”. Onubense, madrileño y bostoniano adoptivo, Javier Limón habla y no para. Se despide rebuscando en un arcón todas esas piezas inéditas de cantantes que otros soñarían tener mientras repite un mantra: “Algún día tengo que ordenar todo esto”.

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