Kae Tempest, figura británica del rap y el ‘spoken word’, en su actuación del 7 de mayo en Barcelona.Pep Herrero / ICUB

Al margen de su celebrado rap costumbrista y de sus elogiados libros de poesía, Kae Tempest lleva dos décadas colocándose delante del micrófono con aplaudidos espectáculos de Palabra hablada. Todo forma parte de una misma voluntad de conectar con el desconocido que tiene delante, ya sea en fiestas raro de espacios autogestionados o en tiendas de Louis Vuitton situadas en los barrios más pijos de Londres, en cuya periferia obrera nació hace 35 años. “Recitar poemas pone a toda la sala a la misma altura”, sostiene Tempest en su reciente Conexión (Sexto Piso), obstinándose en ignorar el estatus estelar que ha alcanzado en los últimos años: sus entradas se agotan en cuestión de horas y está prohibido difundir imágenes de sus espectáculos sin el acuerdo de sus representantes.

Tras un año y medio sin pisar un escenario, Tempest logró subirse este sábado al del auditorio del Centro Cultural Conde Duque, en Madrid, solo un día después de hacerlo en el festival Barcelona Poesía. La extrema modestia de su dispositivo —un escenario vacío, un micrófono, un foco cegador— y de su propia poética contrasta con el calado emocional, y también político, que logran alcanzar los versos de Tempest, que se define como persona no binaria desde el verano pasado, lo que impone el ejercicio oulipiano de comentar su trabajo con un lenguaje que no siempre nos ofrece las herramientas para hacerlo con la naturalidad que merecería.

En su recital poético, Tempest retomó los versos de su álbum El libro de trampas y lecciones, editado en 2019, cuando todavía se llamaba Kate. Esta vez, sin los arreglos del superproductor Rick Rubin, lo que les confiere una crudeza y un poderío aún mayores. Dos años después de ser grabadas, sus estrofas se transforman en un largo poema narrativo adelantado al aquí y al ahora, como si lo pronunciara un enajenado que escupe lecciones de lucidez bajo la lluvia en un parque londinense. “Una parábola apta para el presente, donde el narrador se da cuenta de la oscuridad que reina en el mundo y decide dirigirse hacia un lugar de amor, ternura, alegría, comunidad y compañía”, la definió Tempest antes de arrancar.

Tempest deambula por el escenario con un dramatismo pueril en el mejor de los sentidos, con el que transmite sentimientos inteligibles hasta sin subtítulos

Sus versos, libérrimos y llenos de cesuras invisibles, contienen imágenes de aliento bíblico (profetas, peregrinos, elixires sagrados), pero también ese realismo sucio que tan bien se les da a los británicos (cervezas bajo el sol, cuerpos que enturbian el agua de la bañera, citas que terminan sin beso), la pirotecnia aliterativa del mejor hip hop y una dramaturgia limítrofe con el ponerse de pie. Tempest deambula por el escenario con un dramatismo poco afectado, pueril en el mejor de los sentidos, con el que siempre consigue transmitir sentimientos nítidos, inteligibles hasta sin subtítulos, que en su función madrileña brillaron, incomprensiblemente, por su ausencia. “Si no entendéis cada palabra, no os preocupéis. Le pondré una dosis extra de corazón. Llegaremos juntos al final”, se compadeció al comenzar.

En el desenlace, hubo que darle la razón. Su espectáculo nunca parece la exhibición de memoria de un niño superdotado que recita el número pi de cabo a rabo, sino el relato de un ser vulnerable que insiste en buscar la luz en un mundo siniestro. Postrado en la cama sin poder conciliar el sueño, el narrador encuentra el consuelo en los rostros ajenos (Tempest siempre cita a Blake y Jung como referentes, pero ahí está también Levinas). “Hay tanta paz en las caras de los demás. Yo amo las caras de los demás”, rezan sus últimos versos. Al reflejarse en otra mirada, en un iris dispar pero semejante, puede que uno logre encontrar, con la mezcla de delirio y clarividencia que desprenden sus versos, la posibilidad quimérica de volver a empezar.

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