Con la mascarilla de pato, las gafas de hipermétrope, la melenita a la barbilla y el plumas de entretiempo, María Pujalte parece una urbanita más disfrutando del sol en la terraza del mítico Café de Oriente, a orilla del Teatro Real de Madrid, donde quedamos un martes cualquiera a la hora del café, o del gin tonic, según delantan las comandas más solicitadas por una parroquia insólitamente escasa de turistas por la pandemia. En cuanto saluda y se desemboza para sorber su té verde, sin embargo, oyes y ves a uno o a todos los personajes que ha encarnado como un guante desde que asomara el rostro en muchas de las series más populares de las últimas décadas. Otra cosa es quién es la verdadera María Pujalte. De eso se trata.

¿Por qué tengo la sensación de conocerla de toda la vida?

No sé. Te lo podría preguntar yo a ti. Creo que será, fundamentalmente, por mi trabajo en la tele. Es un formato tan doméstico que se genera esa familiaridad inmediata. No me gusta que me miren cuando no estoy actuando. Es lo único bueno de la mascarilla.

Es una de las actrices más queridas del país ¿Por qué cree que cae bien a la gente?

Bueno, no creo que caiga bien a todos. A mí no me cae bien todo el mundo, pero me gusta mucho escuchar, y eso quizá se nota. En mi trabajo me expreso por boca de otras, no estoy ahí como María. Igual caen bien mis personajes.

¿Cuánto trabajo lleva parecer una mujer normal y corriente en escena?

Me gusta trabajar lo verosímil, que las cosas sean creíbles. Observo mucho y trato de ponerme en la piel del otro, bueno, de la otra. Trabajo los personajes por los detalles. Cómo hablan, cómo miran, cómo se mueven. Un alto cargo de la policía en Galicia me dijo que en un personaje mío veía a sus compañeras, esas mujeres que parecen que no se enteran de nada, maduras, con hijos, que igual no son las más fuertes físicamente, pero son unas grietas como policías deductivas y me quede loca, porque ni sabía que ese perfil existe. Me pone mucho intentar descifrar, al interpretarlas, a esas mujeres ni jóvenes ni viejas ni guapas ni feas con un mundo dentro. Me fascinan.

¿Como la madre y profe alcohólica de ‘Sapere Aude’ o la asesora política resabiada y promiscua de ‘Vota Juan’?

Sí. Esos dos personajes son perfectos. Son mujeres de mi edad, por eso las hago yo, claro. Entonces, tienen un recorrido de vida que tú reconoces, aunque la tuya sea completamente distinta, pero reconoces el momento vital de esa mujer.

¿Cómo es ese momento?

Los 50 son un cambio salvaje para una mujer. Ahora estoy mucho más tranquila, pero pasé hace un par de años un período personal terrorífico, muy duro, hasta que te recolocas.

¿Qué es lo más duro?

El cambio, en general. Siempre estamos en cambio, pero hay unas metamorfosis que, bueno, son muy bestias, por mucho que te lo expliquen desde el punto de vista de la química. Tienen que tiene que ver con el momento vital, el cambio físico, la pérdida, el despedirte de cosas y personas, que la muerte esta mas cerca, todo mezclado. A los 50, la vida se pone en serio. Hay que dejarse de hostias. Quieres cosas útiles y amables, no más piedras en tu mochila. Vi que hay cosas que ya no.

¿Y qué cosas ya no?

Bueno, son asuntos muy personales. Tiene que ver con que una cree que puede con ciertas cosas, y luego, cuando haces balance, ves que te han pasado una factura monumental. Ahora me siento mucho más libre. No juzgo nada, no me juzgo nada, no me importa nada equivocarme.

¿Ha aprendido a decir ‘no’?

Bueno, eso he sabido decirlo toda la vida estupendamente. He sido siempre muy reservada, no me gusta que el foco esté en mí ni que nadie se inmiscuya en mi vida. Mi yo privado, mi libertad, mi espacio personal es innegociable.

En ‘Sapere Aude’ está rodeada de adolescentes pasando a adultos. ¿Se parecen ambos hitos vitales?

Es bonito ver los conflictos de dos personas que están en dos momentos críticos. Pol, el chico protagonista, está saliendo a su vida madura y mi personaje, la Bolaño, es una cincuentona con mucha experiencia, muy lista, muy cínica, muy total, pero da igual, no está sabiendo vivir y se esta equivocando dándole zascas a quien más la quiere. No son tan distintos.

¿Y usted, sabe vivir?

Pues hay veces que todo fluye y parece que vives con una banda sonora detrás preciosa, y otras que estás como al bies todo el rato. Nunca se aprende a vivir del todo, siempre estás en ello.

¿Añora la juventud de Pol?

No, porque lo he vivido y la he disfrutado, mi juventud está en mí, hasta en mis arrugas.

¿Se haría un ‘lifting’?

No, hasta ahora no lo he pensado. Creo que no me pegaría mucho, ¿no crees?

¿Cuántas veces le han llamado ‘robaplanos’?

A la cara nunca. Todos los personajes de un guión están puestos por algo y todos tienen su momento de gloria y una siempre quiere hacerlo lo mejor posible.

¿La madurez personal se corresponde con la profesional? ¿Cree que está en el momento cumbre de su carrera?

Yo nunca me he visto cumbre. Jamás. En esto es tan peligroso creértelo como no creértelo. Buscarte disculpas o lapidarte tú sola. Hacer caso a los cantos de sirena cuando tienes mucho trabajo, o pensar que ya no te van a llamar más cuando llevas ocho meses sin trabajar y sabes que tienes unas compañeras fantásticas que lo hacen igual o mucho mejor que tú. Por eso yo me recojo mucho en los períodos entre trabajos: estar expuesta me da mucho yuyu. Yo tengo mucha más confianza actuando que hablando aquí contigo. Creo mucho en la opinión pública, pero en mi casa tomando café. No soy brillante, ni tengo tanta información de todo, ni sé opinar de nada.

La rechazaron en la Escuela de Arte Dramático. Menudo ojo, ¿no?

Dos veces. Fue ahí, en el Teatro Real, donde hacían las pruebas. Vine desde Galicia a los 17 y a los 18 y me tiraron. Entonces tuve un momento Escarlata O´Hara. Dije: a Dios pongo por testigo de que no vais a ser vosotros quienes me digáis si sirvo o no para esto, me lo dirá la vida. Odio esa cosa de tribunal que te está juzgando. Y, mira, aquí hemos llegado.

¿Qué les diría ahora, que los tiene enfrente?

Que me importa un pito y que les mando un beso.

¿Pelín rencorosa?

No soy rencorosa, soy chulita.

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