En un caserío del barrio del Pedret de Girona, sobre las ruinas de una antigua parroquia, se creó uno de los mayores exponentes de la historia de la música electrónica de este país: La Sala del Cel. A mediados de los ochenta, su fundador, Josep Pérez, le echó el ojo a las influencias musicales que llegaban de Bélgica y Francia e intuyó que aquello podría convertirse en un lanzallamas que revolucionaría la noche de unos años aún encorsetados en el sonido de las guitarras. La Sala del Cel, junto a clubes como el Blau y Le Rachdingue, introdujo la electrónica en las comarcas de Girona de forma paralela a la Ruta Destroy de Valencia, llevando allí a artistas de renombre mundial, como Jeff Mills, DJ Zero o Ángel Molina. Aquella escena tecno catalana que precedió al Sónar ha sido olvidada. Justo cuando se cumplen cuarenta años de cultura de club, el documental Nuevo set dos (nueve siete dos, el prefijo telefónico de Girona), dirigido por Albert Domènech y Òscar Sánchez, y ganador del premio del público en el festival IN-EDIT, recopila una treintena de testimonios sobre aquella historia.

La escena electrónica de Girona nació, como todas, a espaldas del gran público. Luis Calderón, programador de La Sala del Cel, explica en el documental cómo en 1987 había quien se plantaba en las montañas de Girona para intentar sintonizar una radio pirata francesa, donde un joven Fred Tassy hacía un programa sobre música electrónica. A otros les llegaban esos sonidos gracias a los casetes de los turistas que veraneaban en la Costa Brava. Poco a poco, los ritmos sintéticos del tecno se iban filtrando a las discotecas y espacios mágicos como Le Rachdingue, sala surrealista inaugurada en 1968 por Salvador Dalí y el escritor Henri-François Rey que aún hoy se considera un museo. A principios de los años noventa, mientras la electrónica ganaba protagonismo en las programaciones de Girona y de Banyoles, atrayendo a públicos de diferentes países, especialmente Francia, las televisiones se inundaban de noticias sobre la mal llamada ruta del bakalao de Valencia, la Ruta Destroy. Un accidente aquí, otro allá, la eclosión de la droga, la llegada de la máquina, y un público que degeneró con la entrada de cabezas rapadas en las salas, no ayudaron mucho a la imagen del techno. La idea de que se estaba produciendo un acontecimiento cultural no calaba en las mayorías y nadie ajeno a las escenas parecía mirar hacia Girona.

Una de las actuaciones en La Sala del Cel recogidas en el documental ‘972’.

Según Domènech, “la escena gerundense era más fina, estaba más centrada en la música, en ver aquello que no se había podido ver nunca en directo, y también era más respetuosa que la de Valencia”. Esa cultura de club, que nació en el bajo tierra de Chicago, Detroit y Nueva York, llegó a la península “por Girona, por la carretera de El Saler y por un club de Oviedo llamado La Real”, señala Oscar Nin, crítico musical con una década de experiencia en la comunicación del Sónar. “Aquello de coger un coche e irse a la otra punta de España a bailar era algo inconcebible en la época. Nunca ha interesado entender qué pasaba en las periferias”, añade.

El discotecas fue “un oasis de libertad, donde se mezclaba gente de todo tipo”, apunta Domènech. “Lo crearon los negros, los homosexuales, los latinos. Iban a almacenes y a fábricas a bailar la música que les gustaba y que no se pinchaba en las discotecas, y allí se producía una experiencia curativa para ellos”, explica Nin. Pronto, los clubs de Girona “no tenían nada que envidiar a ninguno de los grandes locales de Berlín o Estados Unidos”, considera el crítico. La Sala del Cel se convirtió en una atracción, un club con instalaciones vanguardistas, un ciberespacio, y una pista de baile abierta al cielo. “Pusimos un techo de cristal pensando que íbamos a ver el cielo de noche, pero las luces se reflejaban y no veíamos nada. Aún así la gente llegaba y se iba a la pista a mirar hacia arriba”, recuerda, sin escatimar en risas, su fundador, Josep Pérez. “Si vas a Girona tienes que ver la catedral católica y la catedral electrónica, que era La Sala del Cel”, sentencia su hijo, el dj David Fussió, en el documental.

Es inevitable pensar que Nuevo set dos es una pieza para iniciados, para nostálgicos de esa juerga musical de poco más de quince años, desde 1987 hasta que la escena entró en declive a partir de 1996, e implosionó en los 2000. Con voces como Fred Tassy, DJ Hell, Djoseph, Front 242 o Nando Dixkontrol, el documental deja claro que lo que ocurrió en Girona fue un fenómeno musical único. “Aquella forma de pinchar, de llevar la pista, creaba una catarsis. Y esos discos no estaban en otro punto de España”, señala Nin. Domènech lo corrobora: “Yo siempre consideré que lo que había visto en Girona no lo había visto en ningún otro sitio”.

“Cuando comenzamos el proyecto no había nada. Teníamos la referencia de los pinchadiscos y de los propietarios de los clubes, y fuimos de persona en persona. De hecho, ha habido algunas actuaciones que hemos dejado fuera porque no las hemos podido contrastar. Todo esto comienza a estar algo documentado a partir de los noventa”, explica el director. “Lo más curioso es que hay gente muy relevante en esta historia que yo, que he vivido toda la vida en Girona y que participé en la escena, no conocía”, remacha.

¿Cómo acabó el discotecas en las comarcas de Girona? Según Domènech influyeron muchos factores, desde el hecho de que la policía “se puso muy seria, porque había mucho movimiento de coche y algunos accidentes graves”, hasta la diversificación de la música. “A partir de 1996 el tecno está en todos lados, ya se ha creado el Sónar, y hay un cambio de tendencia del público: la gente de Barcelona no viene tanto a Girona. Todo va cayendo, excepto Le Rachdingue, que tiene ese sello tan mágico de Dalí y está cerca de la frontera francesa”, apunta el director.

Interior de La Sala del Cel en los ochenta.
Interior de La Sala del Cel en los ochenta.

Probablemente no existiría el Sónar sin la escena de Girona. Los artistas que intervienen en el documental aseguran que su importancia no está reconocida. Según Nin, esa falta de reconocimiento trasciende a esta escena, aunque gran parte del turismo de Ibiza tiene su epicentro en el discotecas. “La música electrónica es cultura, aunque no se exhiba en museos. Es arte contemporáneo, urge reconocer que Jeff Mills es tan importante como Bob Dylan”, estima el crítico musical. Para Josep Pérez, el tecno sí que ocupa el sitio que le corresponde en la historia: “Está en la publicidad, en el cine, en las tiendas. Ya toda la música es electrónica. Además, hay proyectos como la escuela Eumes de Girona, que es un referente internacional”. Domènech, sin embargo, manifiesta que “en Alemania hay muchísima literatura de la escena electrónica y la ciudad de Berlín gira sobre este eje, allí los dj’s son totems. Aquí no se ha puesto en valor. Aquí está mal visto que una persona haya dedicado toda su vida a pinchar”.

Para afianzar la memoria de la escena electrónica de Girona, los autores de Nuevo set dos están trabajando en una segunda versión del documental, que duplica el metraje y recupera elementos que habían quedado en el tintero, como la importancia de los postre en la cultura de club de la provincia. Un movimiento sin el que la escena de baile de este país, una parte básica de su historia musical, no se acaba de entender. “La música electrónica es el futuro”, sentencia Pérez. “Lo demás es poesía con guitarras”, remata el fundador de la segunda catedral de Girona.

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