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Muere el poeta polaco Adam Zagajewski, premio Princesa de Asturias de las Letras 2017 | Cultura

Adam Zagajewski, en su casa en Cracovia en 2017.SALAS LISBETH

“Dondequiera que uno corte la vida, siempre la parte en dos mitades”. Cuando el poeta polaco Adam Zagajewski fue galardonado en 2017 con el premio Princesa de Asturias de las Letras 2017, esa frase de su biografía sirvió para definir la existencia del escritor, que ha fallecido hoy en un hospital en Cracovia a los 75 años, según confirma el diario Gazeta Wyborcza. Porque la vida del autor de Dos ciudades (Acantilado) es ejemplo de la Europa del siglo XX. Nacido en 1945 en Lvov, ciudad que pertenece actualmente a Ucrania, su infancia transcurrió en Gliwice, un “lugar feo y gris” de la Silesia alemana que se incorporó a Polonia al final de la Segunda Guerra Mundial. Zagajewski era, pues, fruto de la posguerra: primero un desplazado; después, un exiliado. En tiempos de pandemia le contó a EL PAÍS sus impresiones de este drama, que lo mantuvo alerta y preocupado por otra guerra distinta que la que marcó su infancia. Y dijo: “Estamos en un momento peligroso y la pandemia lo hace aún más peligroso”.

Miembro de la contestataria Generación del 68, tras mudarse a París, desde 1982 ejerció como profesor visitante en diversas universidades estadounidenses. Dos décadas más tarde volvió a su país natal, con la caída del régimen comunista. Actualmente vivía entre Francia y Cracovia. Para Zagajewski, la poesía era cosa de emigrantes, es decir, de “aquellos desdichados que, con un patrimonio ridículo, se balancean al borde del abismo, a caballo entre continentes”.

El autor, que durante un tiempo estuvo en el listado de posibles premios Nobel, se definía así en una entrevista a EL PAÍS el pasado mes de julio: “Soy, en cierto modo, un hijo de la guerra, aunque no fui testigo de sus horrores. Diría que, en cierta manera, los horrores están, no diría que en mis genes, pero sí dentro de mí. Parte de mi vocación es no olvidar el corazón de esa guerra, y, en cierta manera, recordarlo. No es lo único que quiero hacer, por supuesto, porque no me considero un político, pero es parte del punto de vista que tengo, esa presencia. Siempre recuerdo que Auschwitz está a una hora en coche de donde vivo [Cracovia]”. Su oficio era el de mirar, a sus contemporáneos y a sus vecinos, y el periodismo y la poesía eran para él como la noche y el día. Desencantado, de todos modos, de la evolución que iban tomando las cosas en el largo tiempo de paz sobresaltada que iba viviendo el continente al que pertenecía, sentía que esa evolución europea, en términos morales, es al fin una ilusión.

Entre sus obras destaca En la belleza ajena, un volumen a medio camino entre el diario y las memorias, que en España llegó en 2003 editado por Pre-Textos. Dos años más tarde, el poeta Martín López-Vega preparó para la misma editorial la antología Poemas escogidos, buena puerta de entrada al universo Zagajewski. A la editorial Acantilado y al traductor Xavier Farré se debe el grueso de las versiones poéticas publicadas en castellano. En ese sello se encuentran poemarios como Tierra del fuego, Deseo los Antenas y muestras de su brillante y bienhumorada prosa como En defensa del fervor, Solidaridad y soledad y el imprescindible Dos ciudades.

Los honores recibidos no lo hicieron un hombre fatuo; su materia primera era la experiencia, la memoria, pero el subrayado moral que tuvo siempre fue la ironía, un humor paradójico que lo mantuvo lejos de cualquier presunción. Cracovia fue el lugar que fue al fin su territorio, pero más que un lugar preciso de la tierra él vivía en un mundo que podría ser llamado Zagajewski.

Según contaba el pasado verano, “obtenemos algo de fuerza de la parte nocturna de la vida, porque la noche no es solo el símbolo de la oscuridad y del miedo, aunque puede serlo, sino que también es el símbolo del arte y de la reflexión”. En aquellos momentos, pacífico, como un monje aislado en Cracovia, recordaba una frase de Kafka que él subrayó en uno de sus libros: “En la lucha entre uno y el mundo, uno debe ponerse del lado del mundo”. Su respuesta es la esencia de su poesía civil, subrayada en libros como Asimetría, Tierra del fuego los Deseo: “Siempre habrá tiempo de volver a uno mismo. De momento, tienes que ponerte del lado del mundo para ser justo. Es muy fácil decir: soy justo, soy bueno. El mundo es más sabio que nosotros. Por tanto, sí, tenemos que volver al mundo”.

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