Ambiente en la calle Preciados de Madrid, el 31 de marzo.PIERRE-PHILIPPE MARCOU / AFP a través de Getty Images

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El ascensor social no existe. Nuestro país, como el resto de Europa, ha prosperado de manera importante en el último medio siglo y sería absurdo negarlo. Sin embargo, la idea de que siempre mejoramos respecto a la posición social de nuestros padres es un mito conveniente. Son cohortes enteras las que se benefician de transformaciones estructurales profundas, las que ascienden en bloque, y en ello las hazañas individuales juegan un papel limitado. Vamos, que, si queremos ser precisos, lo que tenemos ante nosotros no es un ascensor, es un montacargas.

Para ilustrarlo, véase el desequilibrio entre generaciones. Los millennials, que hoy están llegando a los 40 años, tienen el 4,8% de la riqueza mundial, mientras que los boomers en torno al 21%. No es que estos últimos hayan sido más egoístas, sino que, en general, se beneficiaron de una coyuntura difícilmente repetible: el enorme cambio social, la industrialización y desarrollo económico acaecido en Occidente desde los años cincuenta. Cuando este proceso se detuvo, los que vinieron detrás han padecido la tradicional reproducción de riqueza y oportunidades según el hogar de origen. Aunque en esto no todos los países sean iguales, el nuestro puntúa con nota. Esping-Andersen y Cimentada han mostrado cómo en España el efecto de la clase social en la posición de destino es uno de los más marcados. Los jóvenes de origen privilegiado (padres con estudios superiores) tienen muchas más probabilidades de acceder a las posiciones sociales altas respecto a otros países del entorno. Además, nuestras clases acomodadas están especialmente protegidas frente al riesgo de acabar en posiciones sociales bajas, la verdadera prueba del algodón de la movilidad social (que los hijos de los ricos sean tan penalizados como los demás cuando fracasan).

Esta situación viene explicada por un mercado de trabajo voraz y un estado de bienestar con poca capacidad para redistribuir, especialmente entre generaciones. De este modo, ante las deficiencias de ambas instituciones, solo queda el núcleo familiar como fuente de bienestar y seguridad (menos mal). Sin embargo, el problema es que familia hay quien la tiene y quien no. O, dicho de otro modo, que las desigualdades en la cuna se convierten en la cuna de todas las desigualdades.

Además, la posición prevalente de las clases acomodadas tiene muchos visos de crecer. De un lado, porque la inversión educativa con más retorno económico, especialmente la tecnológica y de habilidades no regladas (habilidades blandas), correlaciona fuertemente con el origen social. Del otro, porque las clases altas pueden transmitir más y mejor patrimonio en hogares con cada vez menos hijos. Dos mecanismos que favorecen no solo que pueda venir una de las generaciones más pobres en términos relativos, sino también una de las más internamente desiguales. Siendo así y visto el panorama, más que esperar al ascensor, iría cogiendo las escaleras.

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