Aspecto que ofrecía ayer La Rambla de Barcelona, sin tenderetes pero con aglomeración de paseantes.ALBERT GARCIA / EL PAÍS

Cataluña decidió ayer empezar a pasar página de la pandemia, espoleada por la esperanza de ver la luz al final túnel que proporciona el descenso de contagios y las vacunaciones. Y lo hizo a lomos del caballo de Sant Jordi, un Dia del Libro y de la Rosa que, en algunos momentos de la tarde, solo se distinguió de la edición prepandémica de 2019 porque los cientos de miles de personas llevaban mascarilla y porque las tradicionales colas ante los autores para conseguir sus firmas se trasladaron este año a los accesos a las zonas perimetradas con medidas sanitarias para acceder a los tenderetes, a las librerías (con aforo limitado al 50%) y a las rosas, limitada este año la venta solo a profesionales, como los libros. El sector calcula que se vendieron más de un millón de ejemplares, unos 16,5 millones de euros, un 75% de las cifras de 2019.

Más información

El ritual, virtual y distópico el año pasado en plena crisis, no estuvo tanto en la firma como en salir a la calle y comprar un libro y una rosa, convirtiendo la jornada en el primer gran acto cívico desde el inicio de la crisis de la covid-19. El primer día con radiante sol primaveral ayudó. “La gente ha decidido que quería sentirse un poco como antes de todo esto y que era una fiesta al aire libre”, sostenía a media tarde de ayer Marisa Ontiveros, directora de Casa del Libro de Barcelona, en las puertas de acceso donde, con disciplina ciudadana intachable, más de medio centenar de personas esperaban para poder entrar. Las colas que se formaron en los 11 recintos perimetrados diseminados por Barcelona para descongestionar la ciudad superaban las 150 personas. Las esperas sobrepasaban los 10 minutos, especialmente en la ubicación del céntrico paseo de Gràcia, con la calzada cortada al tráfico. La circulación y las medidas higiénicas fueron impecables, si bien las aglomeraciones dinamitaron la distancia social.

Que iba a ser un Sant Jordi distinto quedó claro ya a primera hora, cuando escenarios tan santjordiescos como La Rambla permitían ayer, incluso, la práctica del pie y un paseo sin excesivos agobios, intransitables en otras ediciones. También a la excepcionalidad ayudó el discurso del jovencísimo escritor de 23 años Pol Guasch (Napalm al cor), cuyo discurso alternativo en el acto institucional de apertura incomodó a las autoridades municipales: “Política institucional y literatura son antónimos; por eso hoy, aquí, de literatura no hay nada. Es inútil reivindicar nada aquí ahora”. Y acabó asegurando que “aún ha de llegar el texto que haga con el mundo lo que hemos sido capaces de hacer en otros lugares, como en Urquinaona”, dijo con referencia a la plaza que fue epicentro de los violentísimos disturbios del pasado octubre al año de la sentencia del proceso.

Irene Vallejo, pregonera el día anterior, presente en el acto, rebajó la tensión al declararse “comensal atónita e insospechada” de esta fiesta en la que debutaba. Allí donde fue, lo hizo con colas de gente que le portaba hasta primeras ediciones de su Infinito en un junco, ahora que lleva ya 34. “Me cuentan cómo llegaron al libro en momentos de angustia o de soledad por la pandemia; me reconforta que les haya sido refugio”, decía mientras, con letra chica y bolígrafo, firmaba morosamente ejemplares. A su lado, otra Irene, Solà, veterana, firmaba con más desenvoltura: con rotulador líquido y con dibujo de montaña incluido, traslación de sus estudios de Bellas Artes y de su exitoso Yo canto y la montaña baila.

Todos los escritores percibían en el aire que era un Sant Jordi distinto. “Esto es un auténtico milagro”, decía Javier Cercas. “Los catalanes no sabemos lo que tenemos”, añadía, quizá repuesta tácita a la polémica generada por su novela Independencia y sus críticas al 1-O y al papel de la burguesía catalana en el proceso. “Si enemistarse con media Cataluña fuera una buena estrategia comercial para vender libros, lo haría más gente”, ironizó el autor, uno de los más vendidos de la jornada y que fue visitado por dirigentes socialistas como Jaume Collboni y Salvador Illa.

“Hay un componente emocional, se huele, todo tiene hoy un doble sentido”, detectó, sensible, María Dueñas, ante largas colas de firmas de sus lectores con cita previa que deseaban su firma en Sira,precuela de su famoso El tiempo entre costuras. Los carteles lo dejaban claro (“No se permiten selfies “), pero se hacía a distancia, forzando la cinta que alejaba a la gente de la mesa.

“Hoy no interesan tanto los ranquin de ventas de los libros, sino ver la luz al final del túnel e ir hacia una normalidad que, poco a poco, vamos consiguiendo”, resumió Xavier Bosch, el autor que ya ha sido otros años el más vendido de la jornada y que en esta edición ha repetido en catalán con La mujer de su vida.

Un poco lejos del mundanal ruido estaban, por un lado, Irene Pujadas (los desperfectos) y Laia Viñas (las cáscaras), refugiadas firmando en el interior del FNAC, que al alimón (como ganaron el premio Documenta), admitían sentirse en su estreno en la fiesta, “entre alegres y perplejas; la sensación de irrealidad es enorme”.

También el fundador de Anagrama Jorge Herralde, en el interior de La Central de la calle Mallorca, esperaba tranquilo a los potenciales lectores de su correspondencia profesional en Anagrama: “No había vuelto a leer esas cartas desde que las escribí y Jordi Gracia las incluyó y se imprimieron. ¿A quién le interesan? Lo libros de editores interesan muchísimo… a poquísima gente”, sentencio el veterano editor.

La cola en el exterior de La Central superaba el medio centenar de personas, una hilera idéntica a las que se produjeron en buena parte de las librerías barcelonesas: las que se veían en Ona parecían el espejo de las que se daban enfrente, en Laie. La afluencia en general fue tal que hasta paradas como la de la librería especializada en literatura africana e inmigración, La Panafricana, se encontraban muy concurridas.

Seguridad

La librería estaba en una zona perimetrada tan espectacular como compleja por su convivencia con la restauración, la plaza Reial. Los controles de acceso y el circuito, como en todos, era estricto. No en balde, la organización dispuso de 70 personas de seguridad privada sólo en Barcelona, donde ese año, estas medidas han provocado que el coste de la celebración de Sant Jordi supere los 200.000 euros, mayormente aportados de forma extraordinaria por la Generalitat. A ello hay que añadir los gastos en balizas y el despliegue de la Guardia Urbana.

La afluencia, unido al alto ritmo de compras que se ha producido toda la semana (facilitado por haberse permitido a las librerías instalar mesas con novedades ante las tiendas desde el miércoles), ayudó a que las ventas superaran esos 16,5 millones de euros. La descentralización de la fiesta, las zonas perimetradas, la venta solo por profesionales y cortes de tráfico más contundentes son medidas excepcionales que el sector estudiará para futuras ediciones vistos los resultados. “Vamos experimentando cosas, como haremos en la próxima cita, el 23 de julio, con una tarde-noche de las librerías”, avanza Patrici Tixis, presidente de la Cambra del Llibre de Catalunya. Mientras, la ciudadanía empezó por lo primero: reconquistar la calle con Sant Jordi.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You cannot copy content of this page