mil fútbol no perdona y había que esperar a la actuación del Sevilla en Valencia para escribir esta columna. O quizás no. Verdaderamente no. Apetecía desde antes. Era de justicia. Justo en ese momento en el que MARCA contaba cómo el club andaluz echaba la llave y la tiraba al Guadalquivir (a ver quién es el guapo que encuentra ahí algo) a la posibilidad de jugar la ya carcajeante Superliga. Decía que no cuando ni siquiera el hombre que hace 48 horas abría las aguas había hecho su aparición pública. Que hay que tenerlos cuadraos para ello. ¿Por qué? Porque no creía en ella. Simple. Pese a la más que posible invitación a comerse un día un trozo de tarta, que podía ser el presupuesto de un par de años del club. Porque hay gente que aún no se vende por dinero (aguanten la respiración). Y no hablo de sus dirigentes a nivel individual, quienes introdujeron a unos extraños de dudosa motivación en el accionariado del club, sino de una entidad que reconoce el valor de su gente, de sus aficionados (reales, ¡y tanto!), del amor que estos le envían y demandan a su vez, aunque ni puedan acudir a sus polvorientos asientos. Esos que quieren el Sevilla y no admiten injerencias de nadie en su Sevilla. Porque las acciones señalan a los propietarios, mientras el escudo a todos lo que lo sienten. Y eso pesa en las decisiones. Seguro que sí, Yosé.

Puede ser difícil de asimilar en la lejanía. O se puede pensar que es una pose para la foto. No importa. El Sevilla es lo que es hoy día porque siempre ha actuado con gallardía cuando la élite daba collejas y se reía. Era el niño que no se amedrentaba en el recreo. Lideró y apuñaló los desmanes de los grandes hace una década, cuando el reparto televisivo era injusto hasta decir basta. Porque que Madrid o Barça generan más es indiscutible. Todos hemos visto la foto del chico con la cazadora del Madrid y el pantalón del Barelona. O al revés. Tenemos un país diseñado para las trincheras y el bar futbolístico se lleva la palma. Sin embargo, a nadie le puede interesar un campeonato de dos. Que cada partido sea una goleada. Un soberano coñazo. Nadie hubiese pensado que esta temporada se pudiese abrir a cuatro. O sí. Porque las crisis traen estas oportunidades, pese a que no gusten a los que piden alfrombra roja para ir hasta el baño. Qué fácil es vivir en la opulencia, mientras ofreces limosna y te llamas solidario. Y, ea, a dormir con la conciencia tranquila.

Nada más lejos de la realidad. Si esa Superliga que ha durado menos que Toni Cantó en las listas del PP madrileño hubiese prosperado ya no existirían más Sevillas. No quedarían clubes que intentaran llegar a la cúspide porque simplemente tendrían vetado el acceso. Que a nadie se le olvide que hace dos décadas el club de Nervión ascendía a Primera y comenzaba a poner piedras en ese sólido edificio que hoy luce cerca de los grandes. Sólo con una idea de negocio basada en el trabajo y la oportunidad fueron llegando los títulos y las finales. Los éxitos. Las alegrías imaginarias. Los sueños de generaciones que no pudieron ver sus anhelos cumplidos. Una explosión que pudo mantenerse en el tiempo porque la competición europea colocó al Sevilla en un estatus que en España tenía prohibido por la fortaleza inexpugnble de los grandes. Una historia de cómo el deporte premia al que más lo desea. Y, pese a ellos, se llora para que a algunos les regalen lo que no les corresponde. Porque el dinero, los éxitos, las alegrías y los abrazos hay que ganárselos en la vida. Con trabajo, esfuerzo, amor o amistad. Nada llueve del cielo. Te llames como te llames.

Porque el Sevilla dijo NO y habría que aplaudirlo hasta que doliesen las manos. Por su valentía y dignidad. Pese a que todo se haya diluido con la catarata de renuncias, más propias de un reality show que de una idea seria sobre el futuro de un deporte que mueve millones…de sentimientos. Porque aún no se ha entendido que el fútbol jamás morirá mientras alguien sienta como propio el escudo que un futbolista lleve en el pecho. Porque el fútbol es algo mayor que un negocio, por mucho que todo en esta vida deba pagarse con dinero. Y los que intentan poner los billetes por delante de lo que significa la identificación con un equipo, la celebración de un gol o las lágrimas por un título que jamás soñaste en que tu equipo levantaría, directamente quieren vivir en un cortijo o chiringuito, donde todos se levanten y les cedan una de las codiciadas mesas. Porque aquí mando yo y siempre ha sido así. ¿Dónde está mi alfombra roja, mentecato?. Pues no, esta Superliga española aún es de todos. Y el Sevilla no ha dicho su última palabra. Visto el papelito de cada uno, la meritocracia y un poquito de ese destino siempre justiciero dictarán sentencia.

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