La vivienda y la precariedad agravan la salud mental de los jóvenes en España, según los últimos datos oficiales

La dificultad para acceder a una vivienda sigue pesando sobre la juventud en España y también se ha convertido en un factor de preocupación para la salud mental. Los datos más recientes del INE muestran que en 2025 el 67,1% de las personas de entre 18 y 34 años seguía viviendo con alguno de sus progenitores. La cifra sube al 93,4% entre los 18 y los 25 años y baja al 44,3% entre los 26 y los 34, un tramo en el que la principal barrera sigue siendo económica.
El Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025, elaborado por FAD Juventud y Fundación Mutua Madrileña, vincula la precariedad material, la dependencia económica y la dificultad para independizarse con peores indicadores de salud general y mental entre los jóvenes. El Ministerio de Sanidad, por su parte, ha incorporado este vínculo a su agenda con el Plan de Acción de Salud Mental 2025-2027, que contempla mejorar la detección de personas en riesgo de perder su vivienda o con dificultades de acceso a ella.
Una emancipación cada vez más retrasada
La fotografía que deja la Encuesta de Condiciones de Vida de 2025 es clara: la salida del hogar familiar continúa bloqueada para buena parte de los jóvenes españoles. Entre quienes tienen de 26 a 34 años y siguen viviendo con sus padres, el INE señala que el 34,6% no puede permitirse alquilar una vivienda y el 12,7% no puede permitirse comprarla. Además, un 13% dice estar ahorrando para comprar o alquilar, lo que apunta a una emancipación aplazada por falta de recursos suficientes.
Hay otro dato relevante: el 23,6% afirma que no se ha planteado independizarse y un 1,9% dice que, aun pudiendo pagarla, prefiere seguir en el hogar familiar. La razón económica, sin embargo, es la que domina el panorama y explica que la dependencia residencial de los jóvenes siga siendo tan alta en España.
La situación no afecta por igual a hombres y mujeres. En el grupo de 26 a 34 años, el porcentaje de quienes viven con sus padres es del 50,8% entre los hombres y del 37,5% entre las mujeres. El patrón confirma que la emancipación juvenil sigue condicionada por el mercado de la vivienda y por la capacidad real de asumir un alquiler o una compra.
La vivienda como fuente de estrés y malestar
La relación entre vivienda y salud mental no aparece en los datos oficiales como una causalidad cerrada, pero sí como una asociación cada vez más visible. El INE indica que en 2025 el 7,6% de la población de 16 o más años buscó vivienda sin llegar a cambiar de residencia y que casi siete de cada diez de esas personas señalaron el precio excesivo como principal obstáculo. En territorios como Illes Balears y la Comunidad de Madrid, los porcentajes de búsqueda fallida fueron los más altos.
Para los jóvenes, esa presión se traduce en incertidumbre prolongada, dependencia familiar y renuncia a proyectos vitales. El barómetro de FAD Juventud y Fundación Mutua Madrileña sostiene que la salud mental empeora cuando se acumulan carencias materiales y falta de apoyo social. Se trata de una interpretación del propio estudio, pero ayuda a entender por qué la vivienda y la precariedad aparecen cada vez más unidas al malestar emocional.
La ausencia de estabilidad residencial puede amplificar la sensación de bloqueo. Quien no puede emanciparse o encadena intentos fallidos de alquilar se enfrenta no solo a una dificultad económica, sino también a una experiencia sostenida de frustración, dependencia y falta de control sobre el futuro. En la juventud, donde la transición a la vida adulta ya es de por sí compleja, ese escenario resulta especialmente sensible.
Precariedad económica y salud mental juvenil
El barómetro de 2025 insiste en que la salud juvenil está condicionada por el nivel de recursos, la estabilidad y la red de apoyo. Según su diagnóstico, los jóvenes con menos recursos presentan peores indicadores de salud general y mental. También afirma que la precariedad laboral, la dependencia económica familiar y la dificultad para emanciparse siguen siendo elementos estructurales del contexto juvenil en España.
Ese diagnóstico encaja con el contexto social general. La tasa AROPE se situó en el 25,7% en 2025, prácticamente estable respecto al año anterior, lo que indica que la vulnerabilidad económica continúa siendo un rasgo relevante en el país. Aunque ese indicador no mide de forma específica a la juventud ni la salud mental, sí ayuda a entender por qué tantos jóvenes se mueven en un entorno de ingresos inestables, dificultades para ahorrar y límites muy estrechos para acceder a una vivienda.
Cuando la precariedad se prolonga, el impacto ya no es solo material. La imposibilidad de planificar un proyecto de vida, la dependencia de la familia de origen y la percepción de que el esfuerzo no se traduce en autonomía pueden alimentar estrés crónico y fatiga en la vida moderna, ansiedad, desánimo o sensación de estancamiento. Esa relación aparece reflejada en el debate público y en los documentos técnicos recientes, aunque los datos disponibles siguen midiendo mejor la correlación que la causalidad directa.
La respuesta institucional: la salud mental entra en la agenda de la vivienda
El Plan de Acción de Salud Mental 2025-2027 aprobado por el Ministerio de Sanidad confirma que el vínculo entre vivienda y salud mental ha entrado en la política sanitaria. El documento incluye la necesidad de mejorar la detección de personas en riesgo de perder su vivienda o con dificultades de acceso a ella, y considera la vivienda adecuada un elemento fundamental para la salud mental, especialmente en personas con trastorno mental grave.
Además, el Gobierno asignó 39 millones de euros al plan de salud mental y 17,83 millones al plan de prevención del suicidio para el periodo 2025-2027. Son recursos que muestran una mayor atención institucional al problema, aunque todavía habrá que ver cómo se concretan en medidas efectivas para jóvenes atrapados entre alquileres inasumibles, salarios bajos y emancipación aplazada.

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